lunes, 13 de febrero de 2012

Son boleta

No creo que muchos escritores se le animen a una clase de escuela media del conurbano. Pero que los hay, los hay. Es que no es sencillo encarar las aulas de la marginalidad, esos pibes que vienen de pobreza, violencia, droga, alcohol. A algunos les cuesta expresarse con algo más que un ininteligible fraseo primal. Estos son los pibes a quienes los docentes deben transmitirle el amor a la lectura. Pero, ¿cómo transmitir ese amor cuando no se lo siente? Más de una vez en los colegios planteo que los docentes no leen. “Los adolescentes, querrá decir”, me quiso enmendar una maestra. “No, le dije. Entendió bien: dije los docentes.” La mujer, como varias de sus colegas, me miró con odio. “A ver, cuéntenme qué leyeron anoche”, les pregunto. Silencio.
Por supuesto, hay causas, razones, determinaciones sociales que hacen que las maestras y maestros puedan preferir a la noche Tinelli, baile de caño, pizza y birra; y, excepcionalmente, los progres, el discurso facilongo de 6, 7, 8. No los culpo. Estoy convencido de que los docentes deben ganar más que un diputado, pero también de que ellos eligieron la trinchera en la que se encuentran. Y es una trinchera donde bajar la guardia es riesgoso. Las víctimas están ahí, en sus pupitres, frente al pizarrón, expectantes. Y por la expresión tienen todo el aspecto de estar en otra, en otra realidad que no es la del aula. Una más cruda.
El año pasado, junto con un grupo numeroso de escritores, participé en la movida del plan de lectura del Ministerio de Educación, iniciativa formidable: se imprimía un relato de cada escritor y luego se lo distribuía, en formato fascículo, en las aulas de los colegios. Más tarde, una vez que los alumnos habían leído el relato en la clase de literatura, el escritor iba al aula y conversaba el texto y sus aspectos con sus lectores. La actividad, en los colegios de clase media, se cumplía. Pero en más de una oportunidad, en colegios más golpeados –que son los más–, el resultado no era el esperado. La frustración no dependió del ministerio, ni de los autores. Fue responsabilidad de los mismos docentes.
Me acuerdo de un colegio del conurbano. Al llegar al cole, nadie sabía dónde estaba el paquete con los fascículos. Nadie los había visto. Hasta que una funcionaria del colegio pareció reaccionar de un ataque de amnesia y recordó dónde estaban guardados. Los fascículos del Plan de Lectura habían sido archivados en un depósito. Ni se los habían pasado a la profesora de Lengua. Tampoco la profesora de Literatura se había interesado por la cuestión. Además, ese día la profesora de Literatura no había llegado aún. Por lo tanto, la actividad la iba a coordinar otra profesora, la de Inglés. No era un día tranquilo en el colegio. Habían faltado celadores. Y profesores. Las pibas y los pibes, casi el colegio entero, hacían quilombo en el patio. Tarde, pero al fin, apareció la profesora de Lengua. Y fuimos al aula. Como habían faltado profesores, la directora tuvo la idea de juntar dos divisiones. Preferible meterlos en esta actividad, aunque no tuviera nada que ver, a que estuvieran alborotando en el patio. Me pregunté cómo manejar la situación. Sesenta alumnos me superaban. Además no se trataba sólo de que no hubieran cumplido con la actividad: leer un cuento. La profesora tampoco tenía demasiada idea de qué se trataba el plan. Se me ocurrió que si no habían leído antes el relato, bien podríamos leerlo entre todos en clase. Pero esas pibas y pibes apenas sabían deletrear una palabra. Con paciencia, les propuse que cada uno leyera una frase y le pasara luego el fascículo a un compañero, una compañera. De ese modo, pensé, el relato se hilvanaba, se construía una lectura colectiva. Y terminaríamos de leer el cuento. Quien leía una frase, con dificultad, balbuceando, pasaba el fascículo con alivio. Se tardaba en completar el sentido del relato, pero era algo.
Desde el fondo, unos pibes bardeaban. Dados vuelta, bardeaban. El bardo iba en aumento. Pronto fue imposible la lectura. Le pedí a la profesora que dejara retirar del aula a los chabones (sí, les dije chabones) si no les interesaba la actividad. La profesora titubeó. Por fin, desconcertada, asintió. Los pibes se pararon. Ahí volví a hablarles: “Sé que tienen motivos para embolarse. Como sé que alguno de ustedes chuparon o se falopearon antes de venir al colegio. Sé también que algunos de ustedes hoy vieron al viejo fajar a la vieja. Y también que tal vez los que cobraron fueron ustedes. Sé que no la tienen fácil. Sin laburo, sin un mango. Encima, el colegio. De verdad, es mucho pedirles a ustedes, dados vuelta, que se queden tranquis en el aula. No me careteen. Pueden salir”. Los pibes empezaron a caminar hacia la puerta del aula. “Pero antes –les dije–, sepan que si cruzan esa puerta son boleta.”
Los pibes se frenaron. Atónitos, me miraban. Ahora no volaba una mosca. “Porque si estoy acá es por ustedes. Si no saben leer, ustedes no saben sus derechos. Y si no saben sus derechos, cuando la Bonaerense los agarre con un fasito, los pueden fusilar. Vayan nomás. Los ratis los esperan.”
Callados, de pronto tímidos, de pronto chicos, volvieron a sus asientos.
Continué la clase como pude. Cero heroísmo. Taquicardia sentí. Me había sacado, me reproché. Traté de disimular que me temblaba el pulso. Mi sonrisa ante el aula era de plástico. No me gustaba esta situación. Pero la remé. ¿Acaso tenía otra alternativa? Sé que esta historia no me deja bien parado. Y que se me acusará de autoritario, patotero y políticamente incorrecto. Pero fue lo que pude hacer. Y no me avergüenza contarlo.
Hace tiempo que la realidad educativa se fue al carajo. Y que no son pocos los esfuerzos ministeriales como tampoco los docentes que, en esta realidad, se debaten peleando por mejorar el nivel de la educación. Pero no alcanza. Como tampoco alcanza que los escritores pongan el cuerpo en las aulas, lo que, a esta altura, me parece, es más que un deber una misión. Los debates en el Malba o en las librerías de Palermo pueden esperar. Los pibes y pibas de los colegios estatales, no. Y, que conste, estas reflexiones no deben inquietar sólo a los docentes. También a los escritores. Porque mañana terminarán escribiendo para clientes y no para lectores. Si es que ya no lo están –perdón, estamos– haciendo.
Guillermo Saccomanno
 

lunes, 6 de febrero de 2012

Más que palabras


Riesgo. Incertidumbre. Compromiso. Complejidad. Valores. Violencia. Niñas. Amenazas. Autocrítica. Oportunidad. Responsabilidad. Niños. Discriminación. Desamor. Jóvenes. Paciencia. Cachetada. Mujeres. Policía. Esperanza. Adolescentes. Hombres. Familias. Ausencias. Caricia. Miedo. Amor. Indiferencia. Dolor. Barriletes. ¿Sirve?
Algo había que decir. Buscar y encontrar palabras que cuenten la historia. Mostrar que existen las sombras. Saber que igual, el cielo está ahí. 
En estos días, Barriletes, fue víctima de robos. Algunos en la puerta, en la vereda. Otros, adentro del mismo galpón, de madrugada, al amparo de la noche y el silencio. Parece como si alguien nos hubiera apuntado. No sabemos si esto terminó o recién comienza.
Mientras buscamos soluciones coherentes con el sentido de nuestra acción como organización que cree en el cambio con solidaridad, también estamos pensando respuestas institucionales al cada vez más evidente aumento de la violencia y el maltrato entre los niños y niñas que pueblan nuestros talleres.
Violencia entre ellos y con sus talleristas. Palabras hirientes, discriminación, intolerancia, etc. Muchos y muchas, claramente, piden, reclaman, exigen una atención que no encuentran en otro lugar. Lo hacen como pueden, como han aprendido tal vez que funcionan las cosas en el mundo, (en su mundo): a los golpes.
Lo seguimos pensando mientras hacemos lo nuestro: siguen los talleres y el amor se pone a prueba. Sigue la música, los libros, los juegos. Sigue la arcilla y las máscaras. Los malabares y las colchonetas.Sigue la revista. Sigue la radio. Aunque a veces, las preguntas son brutalmente más numerosas que las respuesta,  sigue el compromiso.


Valores. Responsabilidad. Arte. Comunicación. Esperanza. Oportunidad.


Barriletes.


Acá estamos, con mucho más que palabras.
Editorial de la Revista Barriletes, de Noviembre de 2011

jueves, 2 de febrero de 2012

Lo que quieren que signifiquen...


“… lo que demuestra que hay trescientos sesenta y cuatro días en los que puedes recibir regalos de no-cumpleaños.
-Es verdad – dijo Alicia.
-Y sólo uno para regalos de cumpleaños. ¡Te has cubierto de gloria!
-No sé qué quiere decir usted con eso de ‘gloria’- dijo Alicia.
Humpty Dumpty sonrió despectivamente.
-Por supuesto que no lo sabes, hasta que yo te lo diga. He querido decir ‘un argumento aplastante’.
-Pero ‘gloria’ no quiere decir ‘un argumento aplastante’- objetó Alicia.
-Cuando yo uso una palabra –dijo Humpty Dumpty en tono desdeñoso – quiero decir exactamente lo que quiero que quiera decir, ni más ni menos.
-La cuestión es –dijo Alicia- si se puede hacer que las palabras quieran decir tantas cosas diferentes.
-La cuestión es – dijo Humpty Dumpty – quién es el que manda, y punto.”
Alicia a través del espejo, Lewis Carroll

La literatura, como de costumbre, permite hacer pequeñas metáforas de la vida en pocos renglones. Quizás el fragmento de Carroll, haya despertado en todo mi viaje por el fluvial a Paraná una serie de interrogantes, afirmaciones y decires que ahora trato de ordenar.
Un poder tan desdeñoso de Humpty Dumpty sobre las palabras nos es absurdo de imaginar. Pero es hasta que logramos leer estas palabras mirándonos a nosotros como individuos, como mundo, que nos damos cuenta de la implicancia real y subjetiva de lo que nos dicen.
¿Qué nuevas significaciones se han puesto en el lugar de ciertas palabras?
Nos han robado demasiadas palabras, y lo pienso a esto, como futuro trabajador del lenguaje. Nos han robado la palabra libertad que antes quería decir tantas cosas y tantos deseos, y ahora nos la mienten día a día diciendo que vivimos libres y confundiendo libertad con libertad de mercado. Esos, quienes mandan y punto, nos han usurpado la palabra democracia y la han llenado de vacíos. Es tal confusión en lo que a ella respecta, que hasta se libran guerras en su supuesto nombre. Pienso en las discusiones que se dieron en el 2010 por el Matrimonio igualitario, y en los largos debate con un profesor que se oponía a la denominación de Matrimonio, basado en su etimología. Ya que la palabra “matrimonio” proviene de un latín que significa “matriz”. Es decir, se refiere a la concepción. Sin embargo, haber desistido en la lucha por un mismo derecho con un mismo nombre habría sido ignorar que a través de los siglos esa palabra adquirió un enorme significado que fue más allá de su etimología.
Dandome cuenta de esta relación de poder entre las palabras, quienes mandan y lo que quieren que signifiquen pienso en nuestro rol como estudiantes de Letras.
Quizás nos toque desandar lo que Alicia plantea antes de ser cortada por Humpty Dumpty. Porque quizás, la cuestión que deberemos ver es que las palabras quieran decir tantas cosas diferentes, para así poder nombrar un mundo que es tantos mundos diferentes.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Garitas

No decir mundo, no esta noche, por favor.
alejandra

Son los primeros días de Facultad. Son los primeros días de 'vivir solo'. De pronto una ciudad se descubre en las calles de Santa Fe, mientras subo al departamento de Verónica y Selva. 
-No quiero acostumbrarme a esto - dijo horas despues Veronica mientras abría la puerta de la terraza del edificio. 
Nos era dificil distinguir algo de lo que tanto tiempo habiamos llamado nuestros sueños, entre medio de aquel blanco despintando y ese monton de cables que apenas permitian ver una ciudad convulsionada y humeante.
-No, yo tampoco. No creo que esté bien. Creo que me sentiria un hijo de puta acostumbrandome a estar lejos de quienes amo.
Solo nos miramos, y de cuando en cuando, pasamos nuestras manos abrazandonos. 

A Milena la conocí el lunes, la había visto en el examen y esta semana se ha vuelto un pequeño indicio dentro de estas neblinas. La saludo por encima del puente que traspasa la autopista a la salida de la UNL. Yo cruzo a la garita de enfrente a tomar el fluvial. No puedo evitar preguntarme quién es ella, quién soy yo. 
Acepto este sufrir de dudas, y esta ausencia de certezas. Acepto que todo se rompa, para construir verdades. Pero duele que las cosas se rompan. Pero da impotencia ser consciente de ello. Pero asusta no saber cómo se construyen futuros, vidas, esencias.
En la garita, un pibe escribe su nombre sobre la pared y tira la biromen a la ruta. Entre los autos, desafiando un psobile choque, corre un perro abandonado a buscar la biromen. Y asustado por un camión amaga retroceder; pero toma valor y sigue oliendo el objeto hasta descubrir que no, que no es comida.
Una lágrima cae. Darse cuenta que la vida quizás nos abandona en una garita, a nuestra suerte, para que el paso de los camiones nos asuste, para esperar un fluvial que nos devuelva a lo que creemos hacer bien, abandonados, construyendo conversaciones con desconocidos. Oliendo miedosos, animandonos a tratar de descubrir.
Lloro por ese perro abandonado, por las palabras de Verónica, por mis miedos. Lloro por temor a que la vida nos haya lanzado una biromen a la ruta, para que vayamos a olerla volviendo sin nada....

XLIX

 
Me meto adentro, y cierro la ventana.
Traen el candelabro y dan las buenas noches.
Y mi voz contenta da las buenas noches.
Ojalá mi vida sea siempre esto:
el día lleno de sol, o suave de lluvia,
o tempestuoso como si se acabara el Mundo.
La tarde suave y las cuadrillas que pasan.
Miradas con interés desde la ventana,
la última ojeada amiga al sosiego de los árboles.
Y después, cerrada la ventana, el candelabro encendido,
sin leer nada, ni pensar en nada, ni dormir,
sentir la vida correr en mí como un río por su lecho.
Y allá fuera un gran silencio como un dios que duerme.
Fernando Pessoa

jueves, 26 de enero de 2012

Apunte para mover un elefante (1): Certezas y dudas.

Somos jóvenes. Es la única certeza que tenemos a esta edad. Estamos cada día redescubriendo quienes somos. O a la espera, dijera Silvio Rodriguez, de que pase algo. Y que cuando eso pase aún nos queden cosas por decir.
Somos jóvenes y no sabemos quienes somos. Solo poseemos algunas pistas. Pero esta ignorancia no nos convierte en seres por fuera de la realidad. Pertenecemos a ella, aunque muchas veces queramos darle la espalda y olvidarnos. Nuestro incansable deseo de huir, tiene que ver con ello. Con un rechazo a este presente lleno de injusticias, muerte y droga.
Ser joven no quiere decir que las cosas no duelan. Creo que duelen aún más. Hace unos día, una amiga me decía que es difícil ya de por sí ser adolescente y lo es aún más si se tiene un poco de conciencia.
No sé. Últimamente todo me duele y me incomoda. Me duele ver una generación entera vivir en Facebook. Me duele que la palabra "hablar" ahora signifique "chatear", que Alexis Ceparo haya sido asesinado y lo único que seamos capaces de hacer sea poner un listón negro como Foto de perfil. Me duele que SOPA este invadiendo uno de los pocos rincones de libertad, cultura y arte que los jóvenes dominábamos como nuestro propio reino; y, de nuevo, que lo único que seamos capaces de hacer sea compartir una foto en contra de esta Ley.
Estás cosas duelen. Hacen doler la maravilla de ser. Aún así, la esperanza queda. Nada te hace olvidar la maravilla de haber nacido, pero es difícil ver por donde seguir.
Desconozco las instrucciones para mover este elefante. Hasta mi escritura se vuelve confusa. La otra noche anoté varias ideas en un cuaderno, mientras estas mismas no me dejaban dormir. Es mucho lo que hay por hacer. Sin embargo, no sé cómo seguir.
Luego de dos años, en que vi claramente por dónde iba, me perdí. O para decirlo mejor, no sé si me perdí yo o mis ganas de seguir. Desde Pido la Palabra al Foro juvenil hubo un proyecto continuado, y una idea movilizante. Sin embargo, es difícil admitir que las bofetadas en contra del Foro han sido certeras. La heegmonía politica de Seguí no permite que creemos nuestra propia alternativa de participación politica.
Pienso en un Espacio/Taller para jovenes de Seguí. Pienso en la contención necesaria, en llenar el vacío que este mundo nos genera como jovenes. Sigue siendo como hace tiempo, una actividad de micropolitica, una pequeña acción, un pequeño hacer algo. Sigue siendo la tranquilidad de atreverse a soñar.
Cierto gran poeta (y luchador) dijo que no caminamos para llegar a la tierra prometida sino porque caminar es en sí mismo revolucionario. Y esta tarde, hago fuerzas para creer en esa frase.